postheadericon La edad de la ira - fragmento

DRAMATIS PERSONAE

MARCOS
SANDRA
RAÚL
IGNACIO
SERGIO
BRENDA
MERI
ADRIÁN

ESCENA I

MARCOS
Hace tiempo que nos odiamos.
Es mutuo, supongo. A mi padre nunca le he gustado. La diferencia es que desde que mi madre no está, ya ni siquiera lo disimula. Yo tampoco lo hago, pero por lo menos intento controlarme. Sé que, a las malas, llevo las de perder, porque ser menor de edad limita mucho, así que me trago la rabia y me aguanto. Aunque contenerme me cuesta casi tanto como escribir en esta mierda. Una Olivetti que debería estar en un museo y que él me obliga a usar cada vez que tengo que entregar un trabajo de clase. Como el que se supone que debería escribir ahora.
El de lengua nos ha pedido que escribamos «sobre lo que nos apetezca». Que «nos dejemos llevar». Pero si me dejo llevar, puede que me rinda y acabe estallando. Puede que no contenga ni un minuto más las ganas de decirle a mi padre cuánto lo detesto, cuánto daño me hace, cuántas ganas tengo de perderlo de vista de una vez.
A mi madre, él también la sacaba de quicio, aunque ella no nos lo dijera. O tal vez sí lo hacía y yo no me di cuenta hasta muy tarde. No sé. La infancia es una mierda, no te enteras de nada y luego, de repente, te salta todo a la cara, como si con los quince te dieran una entrada gratis para el infierno. Toma, aquí la tienes: la puta realidad.
«A ver si aprendes a escribir como Dios manda».
«A ver si te portas como Dios manda».
«A ver si cambias y empiezas a ser como Dios manda».
Cada vez que mi padre pronuncia esa palabra, parece que se hubiera comprado a Dios para él solito… Claro que Dios no tiene a mi viejo encima todo el día, dándole la brasa con lo que debe y lo que no debe hacer. Con lo que está bien y con lo que está mal. Con lo que le gusta de mí (casi nada) y lo que no le gusta (casi todo). Mis tres hermanos le gustan más que yo:
Le hace gracia Adolfo, el pequeño.
No le molesta Sergio, el mediano.
Y babea con Ignacio, el mayor.
Con ellos tres no hay bronca nunca. Al revés. Se ve que con joderme a mí, mi padre y su Dios ya tienen suficiente.
A lo mejor sí debería dejarme llevar. Y gritar que no pienso seguir soportando ni sus broncas, ni sus malas caras, ni sus amenazas. Que no voy a fingir que soy la persona que él quiere que sea. Que ya ni siquiera me duele no ser el hijo que él habría querido tener. Y qué más da si no lo soy: tampoco él ha sido nunca el padre que yo habría deseado.
No puedo, no quiero contenerme.
Y se lo voy a gritar a mi padre, a mis hermanos, a quien haga falta.
Voy a gritarlo hasta que estallen las ventanas, hasta que se abran de un golpe todas las puertas, hasta que se acabe este encierro que ya dura meses.
Hasta que el ruido de las teclas sea brutal y cada letra suene como una bala.
Como un disparo.
Un disparo con el que voy a mandarlo todo a la mierda de una maldita vez.

Se oye cómo se abre la puerta de la casa de MARCOS. Se acelera e intensifica el ruido de las teclas, suenan voces, movimiento, quizás una pelea y se escucha cómo se destroza —contra el suelo— una máquina de escribir.

SERGIO
Fue solo un segundo. Pero significó el final de todo.
Sentí cómo me atravesaban esas tijeras. Aquel frío que me llegaba tan adentro y acababa con todo.
Entonces lo supe: no dudé de lo que iba a suceder ni un solo momento. Ni siquiera cuando alguien llamó a la ambulancia. Ni cuando oí las sirenas. Ni cuando vi a mi padre con la cabeza reventada a unos centímetros de mí. Entonces yo ya no estaba allí. Estaba ya en este otro lugar. Desterrado. Perdido en un sitio que no tiene nombre porque tampoco tiene tiempo.
No debió haber pasado.
Me digo. Me repito. Me enfado.
No debió haber pasado.
Y a pesar de la rabia, trato de no torturarme pensando en todo lo que me ha quedado por hacer.
En todos esos días y en todas esas noches que ya no ocurrirán.
Lo único que recuerdo es mi muerte. Y aún hoy, en esa muerte, solo siento unas ganas enormes de aferrarme a la vida.

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